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El tiempo pasa El año 2000 está ya sobre nosotros con una gran interrogante, respecto a las situaciones que acarreará en la vida humana el problema tecnológico del manejo de fechas. Quién sabe si será una buena recomendación decirle que lea esta revista lo antes posible: nadie puede asegurar que pueda hacerlo después del 1 de enero. En los últimos meses hemos sido bombardeados por los medios de comunicación con aquello del cambio de milenio. Igualmente, amigos nos dicen que este no es el último año del siglo ni del milenio, por lo que la celebración en cuestión habría que transferirla al 1 de enero de 2001. Confesamos que en Letralia son otras las cosas que ocupan nuestras mentes. 1999 fue, para nuestra revista, un año harto difícil. A mediados de año nos quedamos sin teléfono y la vida de la revista ha sido desde entonces una verdadera aventura que ya quisiéramos poder contarles sin estremecernos. Adaptarnos a un nuevo ritmo de trabajo nos ha costado muchísimo y por lo que se ve nos seguirá costando. En el aspecto literario, consideramos que ha sido el mejor de los ya casi cuatro años de la Tierra de Letras. En los últimos doce meses publicamos textos de más autores que en los dos años y medio anteriores, gracias a la expansión que debimos imponer en la estructura de la revista. Creemos que a la cantidad se ha unido la calidad, permitiéndonos ofrecerles una publicación digna que cumple con nuestros objetivos originales: satisfacer vuestra necesidad de solaz y buena literatura, y difundir la obra de los escritores de habla hispana. Para ustedes, y en agradecimiento por habernos ayudado, en estos doce meses, a construir los cada vez más complejos parajes de la Tierra de Letras, tenemos el tradicional obsequio de fin de año. El tiempo pasa y, como diría Pablo Milanés, nos vamos poniendo viejos. Pero sigue siendo jovial el impulso que motoriza a Letralia, y al borde del año esperamos que nuestro entusiasmo sea, lector, tuyo.
Jorge Gómez Jiménez |