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Los inéditos de Romero. El escritor venezolano Luis Barrera Linares reveló que quedan al menos ocho libros por publicar en la obra de Denzil Romero, muerto en marzo.
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Edición Nº 84 20 de diciembre de 1999 Cagua, Venezuela
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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
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Sueños en el Orinoco
Rafael Rattia
Dieter contempla un atardecer orinoquense desde el celoso borde de una
frágil curiara en pleno caño de Araguao, en Bajo Delta. Es celosa la
endeble embarcación y nada más admite dos personas de mediano peso. Dieter
es hijo de una mujer propensa a la melancolía enamorada del hechizo que
produce en ella los laberintos de agua que crean los crepúsculos deltaicos
y de un sacerdote alemán que viene hasta el Bajo Delta en una extraña
expedición camuflajeada con fines científicos. Parece que el padre de
Dieter llega al caño de Araguao en un submarino no se sabe aún en cuáles
circunstancias. El caño de Araguao es un remanso de agua rodeado de
inmensos borales circunscritos por tupidas galerías de manglares, situado
en la parte más alta del corredor fluvial que comprende el triángulo "El
Toro-Sacupana-Sacoroco". La madre de Dieter se llama Dalia y el nombre del
padre, para los efectos, poco importa. Las manos de Dalia exhiben una
asombrosa destreza en las labores de pesca y preparación del Morocoto, pez
emblemático en la alimentación diaria de todo habitante de Araguao. La
pasión de Dieter es acercarse al vapor (un barco grande y ancho se llama
vapor) no sin sigilo y con mucha precaución por la fuerza de las marejadas
que produce su paso. Todas las semanas pasa el vapor por el frente del caño
Araguao bañando la casa de madera que habita Dieter construida sobre las
aguas de la creciente de agosto. Mes terrible para los habitantes del
majestuoso Orinoco, pues las inundaciones hacen estragos en los riberas del
Orinoco. Porque es bueno saber que todos los meses de agosto el río Padre
se ensoberbece y empieza a crecer hasta elevar su cuerpo más arriba de las
escaleras de madera que sirven de frontispicio a la medicatura. No es
ocioso decir además, que Dieter de ahora en adelante vivirá en una casa
semejante a un palafito que es a la vez dispensario-medicatura y hogar. El
dentista, llamado "el negro Guilán" realiza su labor profiláctica mensual
entre la población guarao que va al dispensario a que le extraigan las
muelas dañadas de tanto comer moriche. Siempre será bien recordado "el
negro guilán" porque los maraisas decían que se acordaban de Dios solamente
cuando el dentista les sacaba una muela o un diente. El gigante vapor de
bandera norteamericana suele pasar por el frente de la casa de Dieter los
sábados a punto de 5:00 de la tarde. Anuncia su paso con un melancólico
rugido que estremece las entrañas de la casa-hospital que sirve de
habitáculo a Dieter y a su vez sirve de medicatura ambulatoria a los pocos
vecinos que habitan la breve hilera de casitas ribereñas del caño de
Araguao. El barco "saluda", así lo entiende el vecindario de Araguao,
lanzando bolsas plásticas que contienen uvas, manzanas, peras y uno que
otro objeto extraño que cae al agua en gesto de amable cortesía de los
viajantes del vapor. A partir de una de esas tardes alguien que viaja en el
vapor deja caer un pequeño bulto que contiene folletos y libros en pequeño
formato que luego, una vez abiertos, resultan novelas y breves antologías
de cuentos cortos que sirven de alimento espiritual a Dieter. Aún hay por
esos predios acuáticos "filibusteros" y contrabandistas que protagonizan
asaltos y crímenes a bordo de las pequeñas embarcaciones que integran el
transporte fluvial del bajo Delta. ¿Qué busca esa gente del agua dulce que
manejan las lanchas llamadas balajúes? ¿Qué enigmas buscan resolver esos
fantasmales motoristas que hablan una mezcla de inglés tití, con guarao y
castellano? ¿Por qué se aventuran por tan intrincados caños y cañitos
habiendo tanta llanura fluvial libre y despejada Orinoco afuera? Los
maraisas que pescan morocotos al frente de la isla de Sacupana dicen que
son mulas de los cárteles de Guyana que trafican con drogas y contrabandean
mercaderías por los caminos de agua que "son el vivir y que van a la mar
océano que es el morir". Tal vez, quién sabe si será así, buscan una mina
de titanio y uranio que la imaginación de los habitantes de Araguao sitúan
en el caño Karosimo. Por cierto, en "la tercera orilla del río",
justamente, en la margen oeste del caño Karosimo, existe un cementerio de
gringos y canadienses que anduvieron a finales del siglo pasado explotando
ricas minas de oro y hierro que transportaban en inmensos cargueros con
destino desconocido. El gran vapor que "saluda" tristemente los sábados
¿qué transporta?, ¿qué lleva en su vientre esa mole de hierro? Cada fin de
mes llega a casa de Dieter una lancha con medicamentos, enseres y atavíos
varios entre los que vienen gruesos volúmenes de libros y videos; porque
además de lector Dieter es un obseso del videísmo. Dieter es videísta sin
ser vidente. Únicamente durante algunas tardes Dieter se vuelve
clarividente. Dieter lee muchísimo durante el día, sobre todo en las tardes
cuando la marea está alta y la corriente transcurre con un fluir escéptico
y tenaz que recuerda al tiempo heraclíteo incesante.
Cuando a Dieter se le irritan los ojos de tanto leer y necesita hacer una
pausa para refrescarse los ojos cierra el libro y proyecta su vista en
lontananza, cual ojos del vigía, y detalla densos puñales cortando el
rostro del tiempo en la superficie de la gran masa de agua. Lee de todo
Dieter, desde etnosiquiatría y metafísica indígena hasta literatura serbia
o rumana. Mientras el río hincha su vientre en el rictus naranja de la
lánguida tarde Dieter lee hasta adormecerse en el banco de la curiara. Un
cómodo bibliobongo es la pequeña piragua de Dieter que se desplaza
dulcemente por entre la majestuosa ribera del Orinoco mientras el mismo se
expande verticalmente y el río interior de la memoria de Dieter crece y se
extravía por meandros infinitos de quereres indiferentes. Las imágenes
plásticas rielan sensiblemente aguas abajo como una erótica fruta de
moriche; las bombachas de borales marchan lentamente bajo el triste ralentí
de los ojos de Dieter. Un lento detenimiento transcurre en el
sobrecogimiento de la cálida tarde. La lancha surtidora; así la llaman los
vecinos de Araguao, trae el Breviario de podredumbre, esa
summa aforística que ha salvado a muchas adolescentes del vacío y de
la dulce tentación de la muerte por sus propias manos. Las niñas que
estudian en el colegio Sagrada Familia siempre llevan en sus morrales
pequeños "precis de suicidologie" que ayudan a vivir al borde de la franja
quemante del gran llamado. Dieter lee diez o quince páginas del
Breviario y se reconforta hasta sentir una leve ebriedad de ánimo
capaz de soportar el taedium vitae que nulifica a cualquier nativo.
El principio de la cuádruple raíz de razón suficiente, los
Fragmentos inéditos de Heráclito y una biblia resumida en idioma
guarao, son compañías infaltables en las salidas y paseos vespertinos del
inefable Dieter. A Dieter le fascina contemplar la bóveda celeste en el
brillor estrellado de la serena corriente y eso le deleita tanto que son
las 11 de la noche y Dieter aún ceba el anzuelo morocotero mientras su
mirada se derrite en la dilatada lámina celeste que forma la sábana
nocturna salpicada de miríadicos botones brillantes que bañan los ojos de
Dieter mientras pesca. Por las mañanas Dieter escucha los programas
noticiosos y culturales que emite diariamente Radio Francia en la voz de
monsieur Gustav Guerrero. Así, Dieter se entera de los acontecimientos de
la guerra de los Balcanes. Gustav Guerrero lee gustosamente los editoriales
de la prensa europea con una impecable prosodia en la que da muestras de
una impresionante sintaxis oral que adhiere a Dieter al pequeño pero
potente radio traído de la República Cooperativa de Guyana por
contrabandistas de palma manaca y chinchorros de moriche. De tanto leer,
Dieter siente irrefrenables ganas de recrear las impresiones que causa en
su ánimo y sensibilidad y se dispone a escribir, primero observaciones
sueltas e inconexas en torno a los autores que lleva la lancha de fin de
mes o los que deja a su paso el vapor de los sábados por la tarde. Para
sorpresa de suecos, alemanes, franceses y belgas que recalan por el Delta,
aguas abajo, en plan de turismo de selva y de aventura, Dieter habla con
propiedad sobre Otto Weininger, Von Kleist, Nerval, Schopenhauer, Cioran,
Dostoiewsky, Michaux, Paz, Samuel Beckett. Por las tardes en derredor de un
fogón improvisado para espantar las plagas que caen como nubes sobre los
habitantes de Araguao, Dieter cita pensamientos del filósofo de la
desesperación y aforismos de Lichtenbert o poemas de Fernando Báez editados
en una pequeña máquina conectada a un procesador que funciona gracias a un
dispositivo colocado por Dieter que funciona con energía solar y que
conecta a un audifonovocal celular para leer hipertextos en Internet y
enviar o recibir correo a y desde cualquier parte del orbe. Dieter navega
doble: en el ciberespacio y sobre la delicada piel acuática del Orinoco
hinchado de agosto. Pescar es para él un pretexto para pensar y meditar
sobre el sentido del devenir, la naturaleza de la melancolía, la tristeza
de la poesía, la presencia de Dios en tales parajes desolados, la
incertidumbre y la indeterminación del ser o de ser tan sólo un ser. A
veces se torna metafísico Dieter y se abandona a lucubrar inagotables
ensoñaciones abstractas que lo avientan a lugares insólitos sin moverse de
la diminuta curiara, ignotos mares mnémicos se hacen navegar por la
memoria. Un topos ouranos es navegado por el delirante barco
alucinado de la memoria deseante de Dieter. La madre de Dieter es una mujer
propensa a la melancolía y profundamente depresiva, y si no se ha suicidado
aún es gracias a su sempiterno pasatiempo de extraerle veneno a las
culebras corales que se enrollan en las bases que sirven de pilotines a la
casa sobre el agua donde habita Dieter. Mientras Dalia almacena veneno
coralino, Dieter teje menudas urdimbres de evocaciones griegas y guaraos
quién sabe con qué propósitos y encalla en los arrecifes de su frágil
memoria indómita acuatiforme. Poco a poco, en el intenso fragor de las
lecturas, Dieter descubre un cangrejo azul cogido por su anzuelo de
diamante en una de sus patas carnosas y de dura textura. Dicen que ese
cangrejo despierta cada veinte años cuando a algún indígena se le enreda un
anzuelo en el cuerpo del mítico animal. Cuando el cangrejo despierta nacen
diez ríos del tamaño de Boca Grande, ¿saben?, esa inmensa llanura de agua
de más de veinte kilómetros que está cerca de Varadero, no Varadero de Cuba
sino Varadero de Yaya, donde también hay arenas blancas como en el de allá.
A Dieter le fascina ir a descansar a Varadero porque la familia Lema
prepara las comidas que le gustan y es acogedor el trato que le brindan
cuando decide ir a pasar algún fin de semana a Varadero. Aunque le cuesta
"despegarse" de su caño de Araguao, siempre termina accediendo a las
cordiales invitaciones de esa cálida familia que tiene en Varadero. Este
último caserío ribereño situado justamente al frente de Barrancas del
Orinoco, es famoso por la recurrente aparición de un caimán a orillas de la
playa más concurrida de Varadero. Un veintinueve de noviembre, Dieter quiso
aprovechar el Día del Escritor para disfrutar a plenitud un largo fin de
semana, pues era justo que se proporcionase un buen descanso después de
tanto esfuerzo intelectual y tantos días dedicados a la pesca y a las
agotadoras jornadas del "salado" de kilos y kilos de pescado para
comercializar en los alrededores del caño de Araguao. Entonces era justo
que Dieter disfrutara de tres intensos y soleados días de playa y de
suculentos platillos de iguana en coco, lapa asada y demás carnes
silvestres que tanto prolifera en Isla Misteriosa, que es el verdadero
nombre de la montaña que rodea a Varadero. Dieter se bañaba de lo lindo y
gozaba como Dios manda en las blancas arenas de Palital, playita adjunta a
las orillas de Varadero cuando ya tarde, tarde en la tarde Dieter nadaba
hacia fuera, más allá del cantil, sin mayor preocupación, cuando
súbitamente, nadie se dio cuenta de ello, fue engullido por las inmensas
fauces del caimán. Dieter se perdió en la noche infinita de las entrañas
del animal.
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