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Estuve esperando durante más de dos horas. La
oscuridad de la noche no permitía distinguir ninguna forma. De improviso, sobre
la elevación del terreno ubicado frente a mí, se proyectó una extensa franja
de luz. En su extremo derecho surgió un arbusto que recordaba al magnesio
encendido. Refulgía de tal manera que por momentos me encegueció.
Sorpresivamente, por el extremo izquierdo, apareció un brioso caballo blanco.
Cojeaba de una pata delantera. Se acercó con lentitud al arbusto. El animal
avanzó siguiendo la línea trazada por la luz sobre la escarpada terrera.
Cuando alcanzó el lugar donde se encontraba el arbusto, relinchó y una
tétrica sombra se apropió de mi espacio. Caí con mis tiempos en un abismo que
piafaba.