A la sombra de un kiosco

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Se aparta el girasol. El niño descubre su cara y es morena, exageradamente morena. Tiene miedo y su ropa tiembla con él. (El girasol se ha achicado y descansa sobre su muslo izquierdo). El niño continúa mirando hacia una ventana, localizada a un lado y, de súbito, salta una liebre, cae de cabeza y se mata. Aparece un mono insignificante y celebra el hecho, dando saltos. Una perdiz es derribada de un disparo de escopeta y también se precipita, pero dentro de una cesta que contiene racimos de uvas, melocotones y nueces. (El niño ignora que en la habitación a la cual pertenece la ventana, su hermana menor sopla una caracola, inmersa en su inocencia, y a ella han acudido lejanos girasoles, parras, versos y una nodriza que no le pierde ojo).

(La madre de ambos, del niño moreno y de la niña demasiado pálida, los contempla desde una distancia inhumana. Una de sus manos duerme sobre una repisa y los dedos de la otra mano no le dan alivio a su mentón. El largo vestido que ella luce viene colmado de soles y los giros corren por el suelo y la nostalgia única de la mujer emigra hasta su olvidado rostro).