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Leía el periódico sentado en un banco de la estación del tren de Peking.
Esperaba la hora cuando anunciasen el comienzo de la revisión de los boletos
para ingresar al andén. Sentí que alguien me observaba fijamente y levanté la
mirada del artículo que había llamado mi atención. Un niño, con una cachucha
de pana y un saco que le quedaba demasiado grande, permanecía frente a mí, sus
ojos clavados sobre mi figura.
El niño tenía los rasgos de las etnias que habitan el Turkestán chino.
Apretaba contra su pecho a un cachorro renegrido de no más de tres meses de
nacido. El cachorro miraba de la misma manera que su pequeño amo. En los ojos
de ambos se notaba curiosidad mezclada con cierta aprensión; deseo de indagar
unido a algo de temor.
Saludé al niño en idioma chino y no me respondió. Volví a mi lectura y
traté de ignorarlo. La fuerza de su mirada era demasiado intensa. Dejé el
periódico a un lado. Le pregunté, de nuevo en chino, si viajaba solo. Sesgó
la vista hacia un costado. Allí, a mi derecha, a escasa separación, dormía un
anciano, la barbilla metida dentro del pecho y una botella de aguardiente barato
en una mano. Deduje que se trataba de su abuelo.
Anunciaron, por los altavoces, el momento de la revisión de los boletos. Se
produjo una precipitada aglomeración. Me puse de pie y colgué mi morral de un
hombro. El niño y su perro continuaban observándome. Por instantes, sentí la
necesidad de decirles que se viniesen conmigo, que dejasen a ese viejo ahí,
durmiendo su borrachera, su inconsciencia...
Al final, avancé de mala gana hasta el sitio donde se encontraban los
malencarados y uniformados revisores de boletos. Giré la cabeza por postrera
vez y sólo descubrí al cachorro en el piso, gimiendo lastimeramente.