A la sombra de un kiosco

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Hu, “Zorra Feroz”, me lanzó una mirada de desdén a través de la ventanilla del BMW negro, último modelo. Sus huesudas manos acariciaban un costosísimo collar de perlas taiwanesas. Las mismas manos que recorrieron mi vientre en busca de mi pene erecto en aquellas heladas noches de invierno.

Ahora, “Zorra Feroz”, era la “pequeña esposa” de un empresario de Shanghai, quien tenía amplios negocios en Peking. Hacía exactamente un año que no la veía. Aunque, en duración, apenas nuestra relación había abarcado ocho fines de semana, la intensidad con la cual se dio resultó inolvidable para ambos. Ella dejó, abruptamente, de acudir a nuestras citas, y entendí que todo estaba consumido.

Yo salía del Hotel The St. Regis de Peking y me topé de frente con su rostro orientado hacia la puerta giratoria. Me imagino cuán enorme debió ser su sorpresa al verme aparecer a mí en lugar de a su “marido”.

Mi aspecto “musulmán” seguro asustó al chofer, quien salió del vehículo y se colocó entre ella y yo. Tal vez los tragos de vino que me había tomado en la recepción que se llevaba a cabo adentro, hicieran manifestar mi índole festiva con mayor énfasis. Lo cierto es que me llevé las manos a la cabeza y salí corriendo, al tiempo que gritaba: “¡Metan al espíritu de la zorra dentro de la botella...! ¡Metan al espíritu...!”.

De modo imprevisto, había recordado aquel cuento de Pu Sung-ling.