A la sombra de un kiosco

1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12

9

Hong Yin, la flor roja de la región de los cuatro ríos, se impresionó por los cortes que hacían en la carne asada los mesoneros de la Churrasquería de Peking. Era la primera vez que comía la carne preparada de esa manera. Sus ojos se deslizaban siguiendo el movimiento del gran cuchillo y, gracias a su mano alerta, cada pedazo quedaba ensartado por el tenedor. Salimos del local cuando el sol más que insinuaba su declinación.

Dimos un rodeo para volver a encontrarnos con la avenida Chang An. Mientras caminábamos por el que había sido un antiguo callejón, mi mirada fue atraída hacia un corto recodo ubicado a mi derecha. Un triciclo azul, con asiento de tela, aguardaba a la puerta del remanente segmento que todavía pervivía de una antigua mansión. La callejuela se notaba desierta y adentro de la vetusta morada apenas se entreveía una olla que humeaba en el umbral. Quizás hervían unos ravioles chinos o unos fideos o una sopa de requesón de soya.

Alcanzamos la esquina donde tiene su asiento el poder en China y avanzamos hacia la plaza Tian An Men. Me detengo a recoger algunas hojas secas del suelo —mi atávico placer— frente a Zhong Nan Hai y Hong Yin sintió miedo y me pidió que me apresurase. Mi aspecto de “rebelde” tiene sus bemoles y una vez más se puso a prueba.

Cien metros antes de llegar a Tian An Men volteo hacia el oeste. El disco solar se encuentra sobreencendido y su rojo fulgor se desparrama sobre las torres modernas y sobre las copas de los árboles. Observé a Hong Yin y descubrí que ella había permanecido con sus ojos puestos en mí. Su mano derecha acariciaba su barbilla. Detrás de ella, el contraste se me manifestó en una inusual espectacularidad: el sol, engrandecido, dejándose caer hacia sus bermellones, mientras los semáforos estaban detenidos en los verdes y sólo los pinos de la avenida recordaban que, meses atrás, algo parecido a la primavera había pasado por aquí.

En Tian An Men una amplia multitud se arremolinaba y el tráfico de vehículos había sido suspendido. Por segunda vez, sin proponérmelo en ambos casos, iba a presenciar el nuevo ritual de la capital china: el arriamiento de la bandera nacional junto a las voces de admiración de los palurdos para quienes fue hecho el espectáculo.

Los soldados chinos, vestidos de gala, cruzan la avenida, después de emerger por la puerta donde cuelga el imponente retrato de Mao, arrían la tela roja de cinco estrellas y regresan por donde vinieron, entre flashes, comentarios de toda índole y frases de admiración.

Me retiré con Hong Yin y cruzamos frente al retrato del otrora “Gran Timonel”. El puente de mármol blanco, acceso a su presencia, permanecía libre de curiosos. Le dije a ella que se colocase sobre el puente y le tomé una fotografía, orientado yo hacia el poniente y con la gente que se dispersaba, de fondo, y el crepúsculo devorando unas banderas púrpuras que ya perdieron para mí su encanto de antaño.