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Hong Yin, la flor roja de la región de los cuatro ríos, se impresionó por
los cortes que hacían en la carne asada los mesoneros de la Churrasquería de
Peking. Era la primera vez que comía la carne preparada de esa manera. Sus ojos
se deslizaban siguiendo el movimiento del gran cuchillo y, gracias a su mano
alerta, cada pedazo quedaba ensartado por el tenedor. Salimos del local cuando
el sol más que insinuaba su declinación.
Dimos un rodeo para volver a encontrarnos con la avenida Chang An. Mientras
caminábamos por el que había sido un antiguo callejón, mi mirada fue atraída
hacia un corto recodo ubicado a mi derecha. Un triciclo azul, con asiento de
tela, aguardaba a la puerta del remanente segmento que todavía pervivía de una
antigua mansión. La callejuela se notaba desierta y adentro de la vetusta
morada apenas se entreveía una olla que humeaba en el umbral. Quizás hervían
unos ravioles chinos o unos fideos o una sopa de requesón de soya.
Alcanzamos la esquina donde tiene su asiento el poder en China y avanzamos
hacia la plaza Tian An Men. Me detengo a recoger algunas hojas secas del suelo
—mi atávico placer— frente a Zhong Nan Hai y Hong Yin sintió miedo y me
pidió que me apresurase. Mi aspecto de “rebelde” tiene sus bemoles y
una vez más se puso a prueba.
Cien metros antes de llegar a Tian An Men volteo hacia el oeste. El disco
solar se encuentra sobreencendido y su rojo fulgor se desparrama sobre las
torres modernas y sobre las copas de los árboles. Observé a Hong Yin y
descubrí que ella había permanecido con sus ojos puestos en mí. Su mano
derecha acariciaba su barbilla. Detrás de ella, el contraste se me manifestó
en una inusual espectacularidad: el sol, engrandecido, dejándose caer hacia sus
bermellones, mientras los semáforos estaban detenidos en los verdes y sólo los
pinos de la avenida recordaban que, meses atrás, algo parecido a la primavera
había pasado por aquí.
En Tian An Men una amplia multitud se arremolinaba y el tráfico de
vehículos había sido suspendido. Por segunda vez, sin proponérmelo en ambos
casos, iba a presenciar el nuevo ritual de la capital china: el arriamiento de
la bandera nacional junto a las voces de admiración de los palurdos para
quienes fue hecho el espectáculo.
Los soldados chinos, vestidos de gala, cruzan la avenida, después de emerger
por la puerta donde cuelga el imponente retrato de Mao, arrían la tela roja de
cinco estrellas y regresan por donde vinieron, entre flashes, comentarios de
toda índole y frases de admiración.
Me retiré con Hong Yin y cruzamos frente al retrato del otrora “Gran
Timonel”. El puente de mármol blanco, acceso a su presencia, permanecía
libre de curiosos. Le dije a ella que se colocase sobre el puente y le tomé una
fotografía, orientado yo hacia el poniente y con la gente que se dispersaba, de
fondo, y el crepúsculo devorando unas banderas púrpuras que ya perdieron para
mí su encanto de antaño.