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II
Con sus anteojos adormilados la intérprete Jade Oriental nos localizó. La
bienvenida en tibetano no se escuchó y nuestros morrales fueron a sosegarse a
la camioneta que los esperaba.
La carretera comenzó a desenrollarse frente a nosotros. Mientras Jade
Oriental entraba en explicaciones sobre el itinerario, yo ingresaba en el
paisaje y subía a las montañas. Me deslizaba encima de las piedras y sus
texturas y terminaba boca arriba, echado en el prado, rodeado de ovejas y niños
con las caras sucias de barro y mocos.
Los sauces llorones me sacaban, de vez en vez, de mi arrobamiento. Cuando la
camioneta cruzó el puente sobre el río Lhasa, mi cuerpo iba dentro, pero mi
alma daba vueltas entre las olas.
Entreví el nombre “Himalaya” escrito a cierta altura y un corneteo
me hizo saber que habíamos llegado al hotel que ostentaba aquella
denominación.