Cuaderno de Lhasa (extractos)

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III

En Lhasa, el mes de julio imprime trece giros a las noches y deja colgado al sol hasta las diez. Las señoritas de los salones de belleza se sientan a las puertas a esperar a los clientes. Usan faldas cortas y se maquillan con esmero. La música insinuante suele atraer presencias masculinas. Con sus largas vestiduras púrpuras los monjes budistas caminan solos, o en grupos, por las aceras y parece que están libres del deseo carnal. Algunos piden limosna y los mendigos profesionales manifiestan su sorda repulsa. (Cerca, en un callejón que conduce a un puente de piedra sucio, un conglomerado de muchachas ofrece risas por un precio).

Grandes incensarios, ubicados en determinadas avenidas, expulsan humaredas de mezclados olores que hacen llorar a los dioses. Pero no logran disipar el hedor a rancio, a orines y excrementos y a basura acumulada.

(En un pequeño establecimiento de venta de aceite al por menor la patrona nos sonríe y detenemos nuestra marcha. Dentro hay un niño y una niña. Douglas y Mireya quieren tomarles algunas fotografías. La madre habla con los niños en tibetano y desaparecen tras una cortina pringosa. Ella nos invita a tomar asiento. Minutos después, aparecen los niños, vestidos con ropas limpias y una alegría que no cabe en el recinto. Los capturamos con nuestras cámaras fotográficas y también al reflejo de la luz sobre el aceite y al cansancio de la máquina expeledora de fluido para las fritangas).