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Apócrifas biografías de la noche Marcelo Jurisich Ella • Yo • Pérdida y recuperación de mamá • Nosotros • Ellos • La lección de historia • Un artista del odio • Biografía de X • Jack • Interludio • Regreso • Hipérbole • Roderico • Agenda • Guitarra sobre tu regazo • Padres • Una buena ama de casa • ¿Y? • Cosas perdidas (Manuscrito hallado en la biblioteca de un poeta del fracaso) • Otro artista del odio • Drácula I • Drácula II El autor Ilustrador: José Ángel Tovar Editorial Letralia Internet, marzo de 1999 |
Cosas perdidas (Manuscrito hallado en la biblioteca de un poeta del fracaso)
Recuperamos la sonrisa, el hielo, el color opaco de la nada. Sobre la mesa, esperando, la cena inútil que nadie gustará. Me pregunto, nos preguntamos, por la extensión de las cosas, por el miedo. Y nada, una bomba, un vestigio, un recuerdo, nada. Escupimos los olores, los disgustos, las patadas contra la pared, el cielo. Una casa en cenizas, un cigarrillo, un cachorro ensangrentado. Y nos miramos, buscando en el vacío, en la oscuridad blanca y muerta, en el silencio. Y nos repetimos: hasta nunca, hasta siempre, hasta hoy. Acariciamos lo poco que tenemos, lo que no devoró el tiempo, lo que soñamos; imágenes como fotos de sepia, pequeños errores, grandes fracasos. Como en un cine sin luz, perdidos y desorientados, manoteamos objetos en el camino: y siguen los truenos, las lluvias, las inclemencias de nuestros cuerpos. Buscamos el principio, el fin, el medio. La ansiedad, la culpa, el deseo. Pero añoramos (nunca encontramos), la fragilidad de la búsqueda, la aventura, el misterio. Mendigamos minucias, migas de pan, sobras para el perro. Pedazos de memoria, fugas en el río, tiempos que no fueron. Y pintamos, cuando queremos, un cuadro a la medida de nuestros ojos, ocultando la tela, los colores primarios, la materia del ego. Usamos pinceles de crenchas acalambradas y témperas fraguadas en un kiosko de la infancia, mientras nos espera, en la sala apagada, la dentadura incólume de una abuela ya muerta que no conocimos. Escondemos besos escapistas bajo la almohada, pesadillas eróticas y duelos de caballeros. Y no omitimos las cachetadas, los mocos, los magros fuegos. Nuestro camino, luego, es un desierto, una ciudad arenosa donde nadie vive y todos lloran y hacen acopio de sus lágrimas, para mostrarlas, sana, piadosamente, en la plaza pública, en las reuniones, en los velorios, los bautismos, los casamientos. Ni hablar de los rencores que nos unen a trompadas y nos amalgaman contra el suelo, mientras nos pisotea el destino, la suerte, el azar o el potrero. Recuperamos lo que perdimos o nos robó el tiempo, lo que miramos o cegamos con envidia, lo que lamimos con placer o sepultamos con asco; pero siempre, aunque gritemos, recuperamos la sangre, lo híbrido, lo incierto. Quizá porque escribimos con odio el papel de silencios, o porque tocamos la música que nos dictan los muertos y escuchamos los ruidos que bañan mil años de carnes y cuerpos. Al fin, rodeados de desechos, de cosas sin importancia ni tolerancia, nos zambullimos en la ingravidez del océano. Y nadamos, nadamos, nadamos, pensando tal vez en un arroyo seco, en un río agotado, en un lago de espectros. Y, demasiado tarde, nos damos cuenta de que no existe otra orilla, o que es dulce, empalagosa, trágicamente inalcanzable. |