|
Apócrifas biografías de la noche Marcelo Jurisich Ella • Yo • Pérdida y recuperación de mamá • Nosotros • Ellos • La lección de historia • Un artista del odio • Biografía de X • Jack • Interludio • Regreso • Hipérbole • Roderico • Agenda • Guitarra sobre tu regazo • Padres • Una buena ama de casa • ¿Y? • Cosas perdidas (Manuscrito hallado en la biblioteca de un poeta del fracaso) • Otro artista del odio • Drácula I • Drácula II El autor Ilustrador: José Ángel Tovar Editorial Letralia Internet, marzo de 1999 |
Biografía de X
¿Escribir la historia de un suicidio? Deberías saber que nunca me gustaron los cadáveres. Menos aún si éstos fueron, en el pasado, rostros familiares para mis ojos. Pero haremos un intento para elaborar el duelo, para escapar, por un instante, del hueco sórdido aquel al que llamamos muerte. Una conversación telefónica abrió este recorrido, hace casi un mes. Quiero decir: la curiosa armonía del timbre, su invitación a imaginar un suceso; no sólo la voz apagada de un amigo —no importa cuál— que, del otro lado del tubo, me había anunciado la desaparición irremplazable de otro (¿importa cuál?). Deberías saber que el teléfono nunca suena porque sí. Cada una de las llamadas que recibas en tu vida responderán, siempre, a un designio misterioso y patético que escapa al conocimiento de los hombres. Así pensaba yo cuando levanté el tubo. Así pienso. —Murió X —¿importa el nombre?—. Se abrió las venas o las arterias, da lo mismo, con un cuchillo barato de restaurante y esperó, dócilmente, hasta que la sangre roja, escarlata, adjetivada, abandonara su cuerpo ya casi a punto de ser carcomido por el cáncer. Ahora, ¿quién fue la víctima del puñal de pacotilla que empuñó su infortunada mano: su cuerpo, su alma, nosotros o lo que quedaba? ¿Cómo contestar una pregunta tan estúpida sino simplemente diciendo: no sé? —Lo ignoro —respondí. Mi amigo Z pareció dudar ante mi indiferencia y, luego de que transcurrieran unos minutos de silencio que el teléfono no resolvía (los artefactos no se ocupan de las cosas más importantes de la vida), arriesgó una solución: —Seguramente él. ¡Fantástico! Todo un hallazgo filosófico de su parte. Hablo en serio. Me decidí a escribir la historia de X a partir de la deducción de Z. Un pobre, paupérrimo, silogismo me condujo a la salida de este laberinto, que no es otra que la siguiente proposición: únicamente los suicidas conocen los detalles de su muerte. Deberías tomar la frase precedente como un imperativo kantiano y no franquear los límites de ella, ya que no se trata de una artificialidad presuntuosa. ¿Soy claro? Escribir la historia de un suicidio es imposible, a menos que busques un cuchillo barato de restaurante, lo agarres fuertemente con tu mano derecha, abras tus venas —o tus arterias, ¿importa el nombre?— y esperes, dócil, pacientemente, que la poca sangre que alimenta tu cuerpo lo abandone y cubra, por fin, el escaso sentido que tu memoria tiene para que alguien, alguna vez, sienta deseos irreprimibles de robársela a la oquedad de tu tumba, de narrarla, como si fuera un best seller, en un bar suburbano repleto de cuchillos baratos ávidos de sangre roja, escarlata, cancerosa, enfermiza, adjetivada, como la de mi amigo, que en paz descanse, X. |