Apócrifas
biografías de la noche

Marcelo Jurisich

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El autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
Internet, marzo de 1999
  Drácula I

"Drácula ya no vive en Carfax. Jamás vivió en Carfax, porque nunca estuvo en Londres. Apenas si sabe inglés. Es un tipo solitario que se encierra en su castillo de Transilvania a leer viejas leyendas del ciclo artúrico que no llegaron a ser publicadas, pero que él posee gracias a un antiguo copista de la corte de su tío. Algunas veces, muy pocas, hojea pésimas traducciones de cuentos de Poe. Está avejentado. Su cabello, otrora gris, ahora es blanco y puro como las nieves eternas que cubren la cima de su afamada residencia. Su cuerpo, antes poseedor de una habilidad animal, ahora es una masa deforme de huesos desgastados por el olvido. El apogeo de su esplendor cayó con mucha rapidez. Actualmente ni siquiera le interesa la sangre, por más fresca y virgen que sea. Lo empalaga, le da náuseas. Sobrevive gracias a una fiel mucama que, por compasión, cada mañana le agrega unas gotitas de sangre de cordero a su vaso de vino, sin que él se entere.

El Conde abandonó definitivamente la noche. Y sufre. Sueña con ser humano y morir, de una buena vez. Ya nada le atrae, excepto la megalomanía de ser el líder de su pueblo y guiarlo a la gloria. Aunque sabe que ya está viejo para esas cosas. Suele mirarse en el espejo para deprimirse al no encontrar nada. Se siente frívolo, un ridículo personaje de ficción, una cosa nimia hecha de papel y celuloide.

Si Jonathan Harker viera cómo es ahora aquel monstruo, le quitaría la estaca con indulgencia y le cosería la herida que le ocasionó en el cuello. Pero Jonathan está muerto. Aunque si el infeliz pudiera verlo...

Ya ni los lobos respetan a Drácula. No hace mucho salió a acariciar a un cachorro y éste, sin el menor atisbo de sumisión, le hincó los dientes en la muñeca. La mucama, ciega de ira, no sabía cómo hacer para encontrar al animalito escondido en medio del bosque. Recién se consoló cuando su amo le dijo que el incidente carecía de importancia. Lo único que hizo el vampiro fue mirarse la herida, sonreír, e irse a dormir a su ataúd. Todavía conserva la costumbre de descansar en su cajón porque no encuentra otro lugar más cómodo. Las camas le producen una singular aprensión por la blandura de sus colchones.

En el pueblo, Drácula es despreciado. Cierto día salió a pasear un rato por las calles donde tal vez naciera, pero la gente lo silbaba y le tiraba con tomates podridos. Los chicos más pequeños se reían de él. Los vampiros del cine, evidentemente, parecían infinitamente más perversos que ese viejo derruido y renqueante.

De todos modos, nadie se acerca lo bastante a su castillo, porque piensan que puede estar armado. Una vez lo vieron matar a un gato salvaje con un arcabuz. Vieron cómo lo mordía y le chupaba la sangre. Pero ocurrió hace mucho tiempo.

Algunos, sin embargo, dicen que Drácula se fue a alguna parte, y que este viejo al que todos creen él no es más que un casero que le cuida el castillo para que nadie entre a robar. Son los ancianos del pueblo los que lo dicen, los que ya se están muriendo. También afirman que podría ser un pobre loco a quien la soledad y el ambiente volvieron huraño.

Pero al Conde no le importan las opiniones. Jamás le importaron, porque él es un noble. Noble de sangre y de espíritu. Y como no quedan muchos de su estirpe, se siente abandonado y espera que un buen cristiano le rompa el esternón para siempre".