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Apócrifas biografías de la noche Marcelo Jurisich Ella • Yo • Pérdida y recuperación de mamá • Nosotros • Ellos • La lección de historia • Un artista del odio • Biografía de X • Jack • Interludio • Regreso • Hipérbole • Roderico • Agenda • Guitarra sobre tu regazo • Padres • Una buena ama de casa • ¿Y? • Cosas perdidas (Manuscrito hallado en la biblioteca de un poeta del fracaso) • Otro artista del odio • Drácula I • Drácula II El autor Ilustrador: José Ángel Tovar Editorial Letralia Internet, marzo de 1999 |
Jack
Aquel dulce paladar que besó una tarde de invierno ya no existe. Murió anoche con las piernas abiertas mientras la soledad penetraba su vientre. ¿Le hizo un hijo? Si se lo hizo, ¿es importante saberlo? Él creía que sí: a menudo es necesario enterarse de ciertas cosas. Se preguntaba si aquel bombón, aquel caramelo, se pudriría en su tumba como todo lo dulce. Si el azúcar se descompone más rápidamente que la sal, si la sal de la tierra es el hombre, si Aquiles seguía teniendo sus pies ligeros después de Troya, si Afrodita merecía el Olimpo o el Infierno. Dudas, todas ellas, que conducían a otra más profunda y escabrosa: si había muerto con las piernas abiertas, como se suponía, ¿había gozado, acaso, de la penetración de la soledad o, sencillamente, se había dejado violar para acelerar su agonía? Si gozó, se dijo, no merece ni siquiera el olvido. Si aceptó que la violaran, sin que su corazón explotara ante la angustia, ante la vejación, no había sido más que una puta insensible que no se había detenido a pensar en su amor y que, por lo tanto, no era digna de que él se ocupara de su memoria. En cualquier caso, su dulce paladar no habría soportado demasiado los embates del tiempo y, tarde o temprano, habría chupado el beso jugoso de un amante, como estaría chupando, ahora, alguna lengua abandonada en su foso por negligencia de los sepultureros. En todos los casos, su cuerpo ya no era suyo y su alma, si existía, era inhallable. Pero, si se había llevado consigo un hijo ajeno, ¿era éste mera carne o alegoría infinita de la estupidez humana ante el uso indebido de las mujeres? Pensó que si el hijo existiera habría un estigma inconfundible para llamarlo cornudo. Pensó que tener cuernos no era tan malo como mostrarlos alegremente a la luz del día. Tal vez por eso decidió asesinarla. Tal vez porque soportar la imagen de otra lengua lamiendo su dulce paladar era demasiado, o demasiado poco, para justificar su vida. De ahí a resolver que todas las mujeres que no lo amaban eran putas había sólo un paso. Y él, sumido en la neblina ominosa de Londres, ordenó a su pierna escribir, para la posteridad, para Scotland Yard, y para que mi mano no vacile en destruirte, su nombre. |