Apócrifas
biografías de la noche

Marcelo Jurisich

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El autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
Internet, marzo de 1999
  Una lección de historia La lección de historia

La historia es sencilla. Una chica, una pobre chica de barrio, es asesinada por un cuchillero sin renombre. Más tarde, el criminal desconocido se suicida y deja una carta en la que asegura que mató a más de treinta mujeres en su exitosa carrera. Un domingo, alguien lee la noticia en el diario y duda de la veracidad de los hechos. Luego, decide actuar. La noche siguiente aparece el cadáver femenino número treinta y uno. Puta vieja con puñal en el estómago. La policía piensa: el malevito suicida era un impostor. Maldito megalómano. E investiga, con resultados inquietantes.

Una lección de historia Un pendejo que odia a su profesora de historia casi tanto como al siglo XIX (que él interpreta diecisiete), saca el revólver en el medio de la clase y espeta: —Estoy harto de usted, señora, de usted y de sus sucios cuentos. Y hace bum. La sangre baña el libro abierto en la lección del período de Rosas. Los niñitos miran asustados e interrogan al compañerito acerca de sus motivaciones y sus deseos ocultos. Pobre alumno, el sistema lo llevó a la locura. Llega su padre a la comisaría y reta al vástago por haber dejado evidencias tan palpables. Le dice: —Matar putas es una cosa, pero vos... El oficial primero Centurión le ruega al padre que lea unos papeles y ponga unas firmas. Para el juez de menores. Mientras tanto, el verdadero impostor se carga a la número treinta y dos. Puta joven. Bonita. Puñal en la boca pintarrajeada.

El pendejo termina su pubertad en un reformatorio. Buscando un héroe en las páginas policiales. Pasados los lentos años, sale y se encuentra con una escena fantástica: en la negrura de la noche, ve caer el cuerpo de la número treinta y tres desde un balcón. Se acerca y lo ausculta: degollada como un gatito. Recuerda: la mazorca. La vieja de historia y los cuentitos de las gargantas tajeadas. Ja. Ja. El estudiante asesino decide comenzar a leer la Patria. Primero en la bandera, en las escarapelas, en los uniformes de los granaderos. Descubre las manchas rojas de los muertos infinitos. Una lección de historia Recién entonces, abre un libro. Y recita: "Nadie es la Patria, ni siquiera...".

Por fin, entra a un museo, toma la espada gloriosa y concluye, con atávico placer, la trama demorada.