Caracterizando a la legendaria dinastía T’ang escuché que existían dos trazos más o menos esenciales: la detención brusca (digamos una extrema concisión) y la resonancia que es una suerte de ebullición aromática, por decir lo menos de estos poemas donde florecen tantas cosas. Pero esto es una manera extrema de iniciar unas palabras sobre este hermoso libro de poemas en prosa de Wilfredo Carrizales, titulado Claves lanzadas al espacio o a las aguas. Y digo que es una forma extrema, porque la escritura de este libro no posee ninguna de estas peculiaridades señaladas para los poemas chinos de ese período. Todo lo contrario, con toda seguridad son textos escritos desde la desmesura y el exceso. Abundan imágenes que se superponen a la manera de los poemas surrealistas, o es posible que se trate de la desmesura aglomerante del barroquismo o el neobarroquismo. Entonces, estaríamos hablando casi de una reacción contra la extrema contención oriental. Y lo digo así, porque Carrizales es un puntilloso traductor del chino y antiguo profesor de literatura de la Universidad de Pekín. Yo he debido comenzar esta nota, tal vez, citando a Lezama o a Perlonguer a Dylan Thomas o a una poeta norteamericana que podría llegar a ser una buena lectora de estos poemas en prosa, me refiero a Jorie Graham. Lo cierto es que la lectura de este libro desata un tormentoso imaginario y una fiebre verbal poco frecuente en la literatura más desgraciadamente cercana. El calificativo se disuelve en cuanto repasamos a Juan Sánchez Peláez y, cómo no decirlo, los magníficos anacronismos de Ramos Sucre. También Carrizales nos sorprende con un léxico que nos saca de tiempo: Tarde de pachorra (poema XXXIX) o Ferrugientos, salaron sus vidas y sus muebles y astillaron los posibles gozos para labrarse un mayor empeñ
;o (poema XXIII). Ya en Aloysius Bertrand existía tal gusto por las extrañezas lexicales, aunque Ramos Sucre lo supera en esta materia. Bertrand decía en un texto: Quiero a Dijon como el niño a la nodriza. Tal vez estos poemas se escriben porque Wilfredo Carrizales ama a Cagua como un niño a su madrina. Eso podría explicar sus desafueros grotescos y burlas por la rechoncha ciudad provinciana y su mundo. Un homenaje al hambre de palabras y cruciales imágenes.
Igor Barreto
•
I •
II •
III •
IV •
V •
VI •
VII •
VIII •
IX •
X •
XI •
XII •
XIII •
XIV •
XV •
XVI •
XVII •
XVIII •
XIX •
XX •
XXI •
XXII •
XXIII •
XXIV •
XXV •
XXVI •
XXVII •
XXVIII •
XXIX •
XXX •
XXXI •
XXXII •
XXXIII •
XXXIV •
XXXV •
XXXVI •
XXXVII •
XXXVIII •
XXXIX •
XL