Aun cuando la greda se acueste, los aulladores se denotarán tardíos. El contagio de las subidas. La piel librada a su advocación. Ciencia de los oídos que no se turban. Emascular las falsías. Los puños y los licores ciegos. Aprontar los deleites.
La totalidad consiste en un paseo con su manglar. Sitial para la desembocadura. Donde haya sirenas con entendimiento. Ausencia de lamentaciones. Desde los sonidos naturales procrear una relojería para los sentidos, una crónica que esté exenta de fugitivos. Cultura de la comida con niebla y libranzas de sudores existenciales.
Ensayos de las orquestas en miniatura. Despedidas de las berenjenas que no suenen. Agracejos tratados en su mayoría de edad. ¿Por qué no esparcir quince plazuelas al borde de los crepúsculos? Se alzarían atalayas y gritarían los conversos.
Escribiente que se ama. Epístolas de amarilis. Acomodo de las cosas. Plenilunio y junta de manojos. Hierros bajo la alberca. Místicas inflorescencias. Espontaneidad de las umbelas. A la luz de los satélites se truncan los hongos y se amarran los venenos.
Hilan las lágrimas los gusanos. Bostezan las bayas de sueño. Forman una síntesis las cáscaras que se rellenan. El mar entra en su oleaje de bahareque y las brisas sujetan los disparates. Recorre un tema todas las variaciones. Un barroco tironea el libro de los caminos. Las aves vuelan dentro de sus bejucos de nasas. Se pavimenta el horizonte de cohombros. No mueren los balcones debido a las vasijas del espectro.
Las edades balan con frecuencia. Sobre las velas nunca se hostiga el mundo. La trivialidad se apodera de las canastas. Un mimbre compone su armonía apegado al sacrificio de las vísperas. Las caries corroen a las rocas. Los peces dan violentos tumbos contra las puertas. Las sangres se mojan con fluidos de las esteras. Testigos del elogio.
Suelas y heridas en los dedos. En las barandas, un tropel de direcciones. Pobres buques tremolando en el desempeño de sus antillas. Jaleos en las claridades del azimut. Símbolos del ego en busca de los retratos. Aparatos con sus negras epifanías. Poemas de harina y canutos. Se llevan los caprichos los agujeros del acomodo.
Aquellas mismas cenizas. Esos fundadores ecos. ¿Cuándo se entroniza el rajadiablos? Basárides para las contiendas e indicios entre los pinos. Síntomas de los códices en los programas de los reptiles. Puntadas que abundan y azulencos en las rodillas. Bastante con la sobriedad y el empleo. Por merecer un diván y su respectivo espejo. Imágenes con sus discursos, con sus descensos de apenas. Ubres de mediodía.
La tarde trepida con sus campanas de remos. Sobre los cartones se entretienen los insectos que no se cruzan. Bosquejos en la inutilidad de los espasmos. Sostenidos olores de una decoración algo misógina. Las golondrinas tragan las texturas beligerantes. Se escribe lo que sucede durante los bienios. Se recogen astas y hendiduras en las ruedas.
Se ocasionan las tierras medianamente nacientes. Se intenta alcanzar las ínsulas que participan de las postreras soledades. Se erigen moradas o mansiones desde donde se puedan enrumbar emboscadas. Muy resistentes resultan los penachos que arden al no fecundarse. A los lados las cadencias se sufragan con capullos y sucedáneos de las varas. Unos mármoles se desenfadan en lo soluble. Los pórticos palmean sus verrugas para verificar las estancias de la palidez. Una bandada de calandrias rompe el entorno con su vuelo de embriaguez cilíndrica. Más páginas se unen a las precedentes para culminar los presagios del viraje.
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