En su sitio, el carozo. El cambio en la borda. Resoplidos para ahorrar bríos. ¿Para qué? Para aguzar el área, para enfrentar los adornos de plumas. Los abadejos serían los culpables. Parte del cerco de lo que se disuelve. Los bígamos certifican que son más creativos. Unos bocetos coronan la universal experiencia. Las opiniones de un payaso cuentan. Cumplir para evitar las cortaduras. El rescoldo desaparece en pos de delicias.
La peste, sin rumbo, en la sangre. Ocios, apuntes y cartones. Las canastas enmendadas por las armellas. Los amigos poblados por chismes y minucias. Rodando se abonan las úlceras y se encuentran candilejas en las hogueras del globo. Sistema antinatural de los homónimos. Las aguas confitadas por la relatividad de las meriendas.
Quitamos los aburrimientos con no más labrar piedras en medio de disputas. En las proximidades de los conductos una coloración pluvial para constituirnos. Se maldisponen los legajos de las noches y las chimeneas distraen sus aberturas para existir. El estilo se emparama, caracolea con la vastedad de un laberinto.
Los esqueletos logran el descanso que estiman. Unos diálogos comienzan sobre las maletas. Dinteles y huecos con redundancia. Hace cien años: los regímenes de la esfinge. Gente de la diana que se entroncaba con el bullicio en las brumas.
Triunfo del invierno durante las edades fusiladas. Las dilaciones corrían por los sedales. Pétalos de los herejes y gabanes para regar. ¿Los cabellos valían más que las quijadas? Erudición de las impuras bajo el universo sin huertas. Obras del cartón y sus afines. Los decrépitos se rompen los dientes en la primera cuadra. Lo fortuito se cuece.
Al parecer, se elucubran los chasquidos. Altas rosas aguerridas. Valeduras. Garzas y poetas. Seres que en las vegas lo pesan todo. Debajo de las encinas, pocas menas. En los últimos lustros, torres al cotarro. Lazos y ruedas que no se ven. Agraciados tirsos y zorros de arriba. Esponjas en los barracones. Perales basados en clarinadas. Pardas vastedades. De a uno se marchan los valles y solicitan sus panes. Los oteros y las librosas sendas. Deliberaciones de ganzúas. Nieva y se recuerdan las galas del esplendor. Materia memorable y la lívida luz prosigue al castigador.
Las novas han caído en las orillas. Obligan a pensar. Se demoran los derribos de las mocedades. La geografía disfraza a los cangrejos. ¿Qué estipula el inventario en estos casos? Ayer los residuos de la hipotenusa cubrían el antídoto del arroyo. El gran secreto impelido por las espigas. Se cercenan los lugares del carbón. El perfil de un cernícalo se contonea a menudo. Lo que contiene, se abre a los preludios y certifica un retorno.
Cifra de las mesas y collares perdidos entre lo oscuro y lo zaino. Quien cierra una ventana atropella su clausura. Hay que sanar los pestillos. Al cuaderno natal se le resguarda. A los vidrios se les licencia, evitando el coloquio de los grillos. Se emprende un viaje a la izquierda del retablo y en los rincones erupcionan maravillas. Bajada del cielo, una herrumbre, a ciegas, localiza su toronjil.
Las cigarras se curvan en las alas de los sombreros. Los dichos circulan dentro de los triángulos. Por donde entran los espacios se libera una anunciación. Un reloj se aleja ardiendo con su suicidio y su gnosis. Yo me acloro y la aridez es plena. Los tontos embriones se gravan mutuamente y empobrecen. ¿La coyunda soporta la cobranza?
Las estaciones se abastecen de élitros y codician los folios del firmamento. Epifanías como banderolas. Cojeras de los escarabajos secretados por las hondonadas. Zarcillos y brotes de la génesis. ¿El periodo del arrebol se apaga con la amargura?
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