Filogénesis para asegurar mi talismán. Inquieta flema que se desplaza por el borde del umbral. Me trato en mi cuna de fiordos y avena. Me une el lado más grácil de la laguna que se interpola. Amago la cresta blanca que mi hermano aleja de mis muslos. Un fingimiento me arropa con su textura de bajorrelieve.
Lo que es susceptible de ladearse finalmente se inclina y suelta sus pulgones. Un flamenco ha cantado en el flanco de su adversario. La radiografía del pantano se acomoda a las necesidades de la óptica. Ya se quejan las aberturas; ya se fleta el aliento comestible. Por principio, la fronda del sol se aviene con todas las rugosidades.
Una nueva comarca se integra a los peregrinajes de la aurora. Cualesquiera fiebre se acrisola al ciclo que se fecunda. Los gusanos se impresionan y trastornan su libertad. En el limo transitan las diminutas carrozas. Escojo mi sede para las próximas centurias.
Se abaratan los bustos en las explanadas que parecen ambiguas. Aumenta la culpa entre dos tormentas. Quien evoca no puede darse por muerto. Al alba gira el eje que, a veces, se confunde por loco. Ni aun desapareciendo dejaría de orientarse la anguila sobre su ondina. Provinciales asientos y un gallo mojado que dice de las plumas que le matizan el canto. ¿No es por esos contornos donde los moribundos trazan sus rutas?
¿Adónde se fue la homilía de las abejas que reñían? ¿Cuándo el ládano se reveló en la residencia de las palomas? ¿Quién relevó lo oclusivo para que reinara en la escasa vegetación? ¿Cuáles pingajos ablandaron las tristezas para partir al solo peligro?
La búsqueda y el despertador de los minutos. Muñecas que en vida edulcoraron la munificencia. Tarde de pachorra y cómo. Rebujal de corpúsculos en los toneles con sus llantos suplidos. El sarcasmo se adecua a los personajes de rayas y misterios.
La física ha renacido en los tranvías. En los linderos de los accidentes se desbarataron las revistas de moda. Todavía los hidruros nos traían de cabeza. Los sínodos se aprisionaban con los astrolabios sumamente pertinaces.
Obvios los raposeros en las esquinas de la superstición. A otros persigo. Bajo el brazo conduzco una variación de asbesto. Un árbol flaco siente la extrañeza y jamás vuelve a florecer. Se acaba la rabia con el alquitrán y el que persevera se desnuda sin dientes. La insignificancia de un pimpollo se hace patente con la molestia de las criptas.
Tránsfugos de los cambios repentinos. ¿Y las anteriores intervenciones? Las sonatinas están para los hornos y no hay porqué hablar de tragedias. La memoria suelta sus cabezuelas y el ulular de las lechuzas rejuvenece al arpa emancipada de suertes.
Eran los viajes con estirpe. Me tragaba los ríos. Trazaba las vacaciones a dedal. Activo, sobaba los volúmenes que besaban las ventanillas. Mi hígado trepaba su colina.
La máquina trituraba los problemas. Lo sensual participaba de su conato. Unigénito, el relámpago se acogía a las paralelas de su derrotero. Envío de los yugos hacia los sitios de las congruencias. Traqueteos y vencimientos posteriores. Un alma pisa a otra alma y una algazara valida lo que titila a barlovento. ¿Un diamante aplaca su sed? ¿Una carrera conduce hasta las vertientes de las camelias? ¿Hay un jardín devorado por el mar o por los océanos? Las varas se sostienen y lo digo y lo redigo y el duende se enoja.
Nacido de las solanáceas. Un piso más arriba que el mío. Anticuario que sofreía cebollas y atosigaba con sus desparpajos. Ahora ninguna cosa se conserva ni un nimio pellizco de hierro.
Los discos dan vueltas arriba. Las irregularidades los arruinan. Acerca del duermevela todavía no se ha explicitado nada. Mientras se desmandan los mosquitos, los países se esparcen y sospechan de las dichas.
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