Cabrá la zarabanda en el botín del usurero. Vaso de whisky sobre un cuaderno pasado de azul. Vicisitudes del agua regia en los mimos del asesino. Como por costumbre, la madera hueca se convierte en tambor para personificar la victoria sobre los santos. ¿Mañana tendremos una vista del atolón o habrá que esperar hasta el reinado de lo vesperal? Las islas misteriosas continúan al garete y de gracia se desprenden las golondrinas. Mortalmente iluso un marino se agolpa a su elevada criatura.
Gárgaro en las crónicas de la casa que se agazapa. Hibernamos tras los arbustos rosáceos y el humo de las raíces nos hacía reír. Nos igualamos a las iguanas que devoraban niños y fuimos célebres de estación en estación. Nos persuadimos para admitir los epigramas de las momias. Los kimonos se aliaron como banderas.
Próximos a los bordes, los ladrillos se escaraban en el orbital de las imágenes. Se maceraron los enamorados dentro de la pulpa de las mariposas diurnas. El suelo del escorpión se hizo írrito y adquirió un apodo de mácula. El reciente que había nacido por azar y emergencia solicitó una jarra occidua y de buena alternancia. El fruto de las claraboyas fue pagadero a largo plazo. Quebrado, no pudo movilizarse el rebuscador de tempestades.
Los adioses, mantos para vegetar en la intemperie, se diagraman bajo el estímulo de los condenados. La ubicuidad de la sangre triunfa sobre los cachorros de la ira y la varicela se desvive por sus ángulos y logra picar a los flojos en las plazas. Insurgen los reduvios con una distancia que es un reto para quien nidifique dos veces.
Enviado a través de la modalidad del mal, el cuchillo daña los secretos de tocador. Rueda la sonaja, pero también gira el instrumento de la razón. Llamarada de una noche, la venganza del amoniaco hace estragos en los beodos. Los dolientes se enrumban con la doctrina zampada en el costillar. Donde tuvo lugar la aguantadura surgirá un plomo liso como un hocico de buitre.
Se refleja en el aire la abundancia de las cosas y las ampollas inundan con su fantasía. De ondas, el gato se excede; de vapores, se regaña el exilio de los serios. Muchos cumplimientos se externan y asimismo la eternidad se trastorna, arroyo perdido en la etología del fuelle. El alambre gana crédito y se fusila. Lo imitan el autor de la nebulosa y un galán de capa roída. ¡Impudicia que prima sobre su vidrio ordinario!
El que se viste de botarga chupa las cadenas del oprobio ajeno y pellizca un bálsamo que prolonga su pendencia. Vigilias y silencios de anillos; grimas, callos, brevas del espanto. Los pechos sudan y suben y se disputan los almendrucos, obra posterior y ausente en los mercados. Bimestrales, caducan los coronados inciertos. ¿En los bosques, debajo de las laderas, dentro de los fermentos? Felices quienes no dan con la respuesta.
Donde se retienen las vasijas ocurren los mayores desaciertos. Las entrañas de los monjes exudan un látex cuasi perverso. El pánico aporta tormentas y lechuzas en vuelo y cajas que meten miedo. Llantean las figuras marengas y se les libera el aceite. De ese jaez rumian los pajareros sentados en el cubil de los desechos. Leuda, a media mañana, el pelaje de los herreros y luego les sobra muermo y un palmo de golpe frío.
Rampante vieron a la mujer del cazador. Aparentaba más años y una ligereza fluvial. Rapaces, la espiaban los polígrafos de la zona. La deseaban de luna y cabellera de radón. Sólo obtuvieron de ella un salto feroz y un relámpago de dolor.
Según se sedimenta el atuendo, el boato tiende a deslucir y las bocas se tuercen y empezamos a colindar con las criptas y nos encorchamos para despejar las abejas y profanarles el zumo destinado a la reina de los aguijones en agraz.
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