Clementes, vamos claveteando signos, piedras y cuadernos a pleno sol, aunque ardan las ciudades con sus palimpsestos. Arreamos o arrastramos las bisuterías que le dan vista a las torres blanqueadas por las cadencias del derrumbadero. Los estamentos de las gratificaciones igualan la sede de su ortodoxia en la trayectoria que impulsa hacia las lágrimas. Surgen madrastras y componen sus nervuras para leer sobre la epidermis de los expósitos. Más adelante ondea una tierra de noche, tan triste como una bandeja, y nadie avanza para abrazarse de tan temido que resulta el impulso de muerte.
Casi siempre aparece un lustrador de zarcillos y en su universalidad titubea y se pinta los cabellos de morado según el sistema doméstico. Pueden correr los rumores a través de los aros que se asesinan y poco sangran. Ciertas rúbricas forman quimeras en los pudrideros del antes y el después. Una parábola sin retorno se aficiona a la bruma y termina el lignito por envolverla y anularla.
Ya pronto llega el infundio de la hierba, su derrotado esplendor, y el tocayo de la alianza acuña una fanfarria para estragar las interrogantes de los magnánimos. Por ahí se enmienda una brújula que sobrevivió apegada a los rubros de los polos. De los sonidos pronunciados se deducen los valles y las muletas para las fiestas en redondo. En imitación de la lombriz, se recogen unos pedales en sus envolturas recibidas en los laterales que permean. Los puritanos sufren la fuerza de sus intestinos, pero los trovadores se remiendan y arriban sanos a las buhardillas de las ideas.
Quien permite las jaculatorias en su casa, luego está impedido de expulsarlas y no puede saciar la quejumbre de su porfía. Con pluralidad de cantos y pulmones se nutre la mena que se recibe con largueza. Dígase kilómetros y le dolerán los pies y el conjunto de las irrisiones se instalará en su morada a perpetuidad. De ruta gotearán los hilos espaciados porque los hojaldres deberán ser lacrados para expresar el valor de la limosna. Si se suicida una muda el lugar adquirirá lindura. ¿Habrá otoño con cola de golondrina o molusco notable y cortejado por anacronismos?
Arriba se mueven las maromas y es preciso callar las eucaristías de los anzuelos. Más ruin que la mascadura de los salmos resulta el loro que blasfema por encargo. La lengua propugna sus pasos vivientes y a solas culmina su perfeccionamiento. Del éxodo se regresa roto, crispado y sin nombre, con su retrato en descenso. A través de una mirilla se contemplará al leproso que eructa tras las cubetas.
Bajo los tejados de vidrio se desparramarán los naipes y las monedas. La inocencia nunca sabrá a qué hora es tarde. Gotas de muñecas se abrirán al sur, con presteza y versatilidad. El jambaje de las horas chirriará y todos sus misterios se fusionarán dentro de la luciérnaga que se mantendrá marginal. Y aunque las mochilas se apliquen al espacio de las cabezas negrecerán los palpos de las obtusas virtudes y las revistas caerán paradas y un ámbar resistirá la arbitrariedad y la repulsión de un hacha dentro del agua.
Las semillas aprenderán los ardides de las poleas; las rajas, cueste lo que cueste, se abrirán a las plegarias erectas; los obrajes elucidarán lo fosco de la modestia. Con rapidez arribarán las nuevas dotaciones de cromosomas. Los expedientes del flogisto se cocerán en gravedad y hemólisis. Sobre la naturaleza se derrumbarán los contrarios, breves hepatitis de influencia prematura. Una radiación de ebriedad halará al hombre y a la mujer para que se recuesten sobre su enorme plato.
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