Claves lanzadas al espacio o a las aguas • Wilfredo Carrizales
XX

“Claves lanzadas al espacio o a las aguas”, de Wilfredo Carrizales

Que se tejan las traviesas y que se vengan abajo los espacios donde logran sus coloquios los perros. Entre el cerrojo y la cesantía. Más acá de la sangre que se doma. Se embriaga el maestro que da puntapiés a las manzanas. El pan que se opone a sus hojas y la exquisita tarde recordada en su gimnasia. Abundancia de reliquias tras el bosquejo de los meteoros. ¿Ausentes los bienes invadidos, eflorecidos en el criterio?

Flejes en neta flagrancia; venas estiradas hasta el máximo de la cuerda; desinencias y pliegues. Ocasiono la mano y el tacto al pecho. Su peculiaridad de agente de la hendidura. Los gusanos juzgan su conciencia a un extremo de los turrones de forraje y cal. Con las infidelidades del caserío se degustan los dogmas de los caminos.

Un pretexto ayuda al exilio, a la pugna del peregrino. Bulbos cavados en la delirancia del espanto. Delgadez que es notoria cuando trastorna la fiesta del zapatero. Y así las delicias se delinean en versos e inocencia. En demasía me abruma el país que se rasga y nada me deja. Me revelo en la maldad de la antigualla, por pura necesidad. Llevo a la espalda un título, ancho y ralo, destinado a la repulsión de las adarajas y las cancelas. ¿De letargo entraré en mi morada con la erosión del firmamento que apenas me toca? ¿De acumulación temperaré envuelto en el manto que designa negruras?

Sobrevivo con las plantas de los pies arborecidas, empujadas por las dunas que causa la ilusión. Moldeo caprichos, arduos suelos, radiaciones de la corona del viento. De suerte me desuello y aparto la armadura. Luto por luto. La llama se aviva con el disgusto del pabilo. Del espectro se arrancan las pestañas para restaurar la perfidia. De un sitio, con libranza, se rebajan las taras y se igualan los pulsos de la doctrina. ¿Lenguas del gallo en la recogida de los gases? ¿Trabazones, trenzas, tramoyas? Pierde el vidrio con todas sus variantes y sus efectos que rompen las ternillas y el carbono sucio de las matrices. Después del cilindro, la horqueta aloja su treno.

En cada uno de los tacos, el pobre lame su chocolate. Fuera de las paredes, los intervalos de los remaches, sucediendo día tras mes. Otra diadema se derrumba en el gráfico de los símbolos de la usura. La relación de la simetría disloca los huesos que ensombrecen la reflexión. Crías y dramas para los hijos naturales. ¿El mirón busca su tónico en la retaguardia de la virulencia? No hay que olvidar los diedros en la calzada ni el susto de las bielas en las cifras del diecisiete. ¿Quién da la pauta? ¿El dictador?

Secuencia de los difuntos atravesando los caudales de oropel. Con los labios sellados internan sus nombres en la comedia de la retribución. Lo que se esparce por todas partes —¿favorable ronzal?—, magnifica el canuto donde se pegan los fieles. Pendientes del cuello, los caracteres alumbran los segundos entre semejanzas. Poco preciso el dignatario en su atributo de pupilas. ¿Dónde o adónde calificamos los efectos de lo copioso, si la esfera apenas se admira? ¿Hubo habido persona en el desparpajo de la observancia? ¿Discente? ¿Extraviado? ¿Locuaz de óptica ajena? ¿A priori corporado?

Pronto se libran los tientos, los disparates y las postrimerías. Alguien dice: ¡sépalo! y el cáliz se desborda, sapiente, florido. Episodio que se espacia y alterna con el continente que gira en torno a sí mismo. Siendo esmalte, deriva en flaco afilador o esmeril de gancho a cabalidad. Del procedimiento, lema y consigna. Euritmia en la admitancia. Hacia allá la tardanza de lo físico en su borde curvo. En trance y daño de una espada que no perfora. Muerte por el conducto y aun lo que era y jamás devendrá. Regio el brillo y una palmada detrás de la cruz que se ahueca y suelta sus lajas con avilantez y mancha a los canarios, que por azar, cantan sobre las cuñas.

 
 

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