Una loba entre las gavillas del anaquel. Los contornos toman formas de suelas de zapatos. Ojos que penetran en las apariciones. Mudan las conchas y un detective aniquila los dramas en declive. En rama, una neurosis. Sobre las cabezas, el ruido de las estacadas. ¿Le saca punta la garrapata a su puñal? En mal estado, los tréboles no alcanzan los sotos. A las seis en punto y una voz sin esfuerzo. La cerveza no participó en la rebatiña. Un marinero viejo se colocó en un ángulo y se le marchitó el anzuelo.
Lejos y cerca. Sería un hombre de patas cortas y cuerpo alargado. Especie de caracol utilizado en los bastiones de las murallas. Res sin acuario, reanimado y lujurioso. Hasta que yo sepa, hasta la distancia, ni mucho menos. Del otro lado, los sin colmillos, los que proceden de ningún punto... De improviso, ¿se romperá el ayuno?, ¿la fecha del exceso? Girándula, girándula. Picoteo sobre la progenie y un espíritu a la ventura.
Julio traquetea desde junio y quedan al descubierto las canillas y bajan las gatas con los ojos amoratados. A la altura del sol se echa el cerrojo y debajo de un puente surge un clamor malsano. ¿Cómo es eso? Hasta donde se sabe algo se complace en la sordidez. ¿Dos muertos que en el mundo, desabridos, póstumamente? Al extremo sur, recordatorios y bombas. Quien reluce en los intervalos semeja una araña o una especie de asta. La murga hereda una estela sobre la veranda del juramento bermejo y pálido.
El algo que se cuaja, que se vuelve pan de azúcar y acíbar. Cursor que genera sacramentos para custodiar al preso y hacerlo alternar en las diligencias de los espárragos. ¿Sino finito y curvo, euclideano y hormigueando sobre el lastre de las ollas autorizadas? El magma se enaltece con sus relaciones espaciales y fotográficas, pero las melladuras buscan lo oclusivo para cargar la pesadumbre. Varios troncos construyen sus momentos al margen de la anatomía de los asesinatos y aportan a los patios descuidados los columpios que estilizan los ajuares y las figuras que los preconizan.
Desenvainamos y saboreamos las vísceras de los zoilos. La hegemonía se vivencia a través de la ruta donde se construyen escorpiones y pioneros de la ecología. De la costa adversa se subleva una pared: primacía de las pinzas y de los insectos malófagos, liberales y completados en la flojedad. El carácter intimista del pandero asedia al jíbaro en su glicerina adquirida en puerto de enfriamiento. Se cultivan las palancas y se desdoblan los espeluznos. ¿Habrá adornos como quintaesencia del descreimiento?
Las granzas se fajan en los atriles y cercan a la hoz que se atrasó en la historia y en la intensa comedia. Los retratos hambrearon sus carbones para favorecer a quienes aspiraban poseer maletas con deformidades y aliños nada placenteros. Una tarde, connatural a sus plumas interinas, produjo placebos y las avutardas les insertaron rótulos de nacimiento. Quizá hubo referencias a chamizas, rosas muy resistentes y colas de espesor de máquinas que calentaban los olfatos. La inacción se alumbró con caras de matices biológicos y los sujetos de catadura venérea se entregaron al riesgo de la sedición. Para los revestimientos se recurrió a los samueles y a los expansores de rocas.
Se contrajeron los receptáculos, las familias escondidas dentro de lo silvestre y los derrocados de las cumbres hediondas a levadura. Todo era filamento, astillero y desembocadura y aun así el almidón concedió lo cotidiano y el pegoste que se derramaba. Desde el desdén los morfemas ganaron la inclusión y el madreo más agresivo y más acre de la comarca donde los bovinos no eran meros bobos.
Las sillas debieron guardarse en la plenitud de sus esquejes para que pudieran proliferar en los argumentos de los países que se volteaban por el olvido y el odio a los camafeos. Unos ganchos se treparon a sus frutos y se agraciaron, federales y guarnecidos. ¿El carburo mítico sería mencionado al menos una vez de muchas?
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