Nos enfermamos y por cualquiera de los agujeros se nos escapa la vida. La fachada de nuestros cuerpos comienza a hervir hasta implantarse sobre ella una textura de jibia y un karma que la modela. Después los labios se ponen ceremoniosos y quedan mudos, sin posibilidad de negociar un retorno.
El viernes es el mejor día para morir por su relación con Venus. El alma gira en su noria y el agua la disciplina. Luego se integra a la gran obertura del cosmos y encuentra su eviterna resonancia.
Ocupémonos mejor de la celebración de la vida y de sus frutos y de sus cosas que obran milagros. Los trigos convertidos en pan y abiertos, aguardando el queso con su sabor recogido y al jamón para perfumarse a sus expensas y al aceite de oliva y al tomate que lo olisquea.
Los efluvios del orégano en constancia en la cocina y la ciencia de las cucharas y el anhelo de la perdiz y su carne revelada. Las plantas con ventanas y espejuelos y la miel que vigila las mieses en su avance hacia el crepúsculo, hora del descanso y de la sorda percusión. Las orquídeas extirpadas del aire y la permanencia constante de la oruga sobre la pila de las satisfacciones. Los pájaros polinizando los pasos y los caminos y los requiebros del paisaje. El reflejo de la luna en el estanque construyendo una ciudad de lodo y algodón para los peces con maestría y letras. El búho, diligente para que se yerre el tiro y para que la mosca preste su zumbido en la separación de los granos.
Sorbemos temprano los zumos con las pajas y tantos refrescos sin sorteo y cruzamos las ruinas de las palmeras y encontramos a hormigas borrachas con las lenguas afuera. Santos son muchos palos que se avistan conjugados a las balsas y núcleos de ancianos dilatan sus destellos para que sean cenitales y las crías de las cometas encuentren el remolino de las espigas. En las siembras se tuercen los racimos y se arrollan los animales que no se defienden. (El que lleva la alabanza se la ajusta a la cintura).
En las redes quedan atrapados los horizontes, mayormente verticales, y una mandorla se cala los bordes para paliar los dolores no comestibles. Se alimentan los barcos con las representaciones de las auroras y los manteles mutan en velas y se hinchan con estucos del porvenir. Lejanos leones de mar habrían encontrado sargazos en sus pesadillas con violencias y los náufragos estarían nadando en paños menores.
De ambos vidrios los rones se tiznan y las gatas en flor filosofan por los tejados enfriados con himnos de mandarinas. Los sapos reciben todo el neón de las ciénagas y principian sus clases de química en medio de tempestades de mosquitos. Lo que tira a moradura se duerme a contrarreloj y se adhiere, prematuramente, a las vides que salen a la medida de los deseos.
Se inician, sin cesura, los periodos cuando se repliegan las nubes y las arcillas y los fuegos del espectro; se infunden de maniobras y alientan las ferias de los niños. Frente a lo visual, el infortunio de los herreros arroja chispas sobre la trayectoria de la medianoche. Los ríos gesticulan con desagrado, pero el curso de su industria colma a los prójimos y los dota de escuela. Al darse al ocio, el adulto encuentra su infancia.
Mientras existan hayas habrá semillas y sombra y fagocitaremos el almidón y el aceite para ser longevos y se nos vendrá arriba del cabello lo castaño que comprende y no falla y arduas ardillas roerán las alegorías del gris de los inviernos.
(En los márgenes fluviales prevalece una provincia para discípulos que se consagran al oficio de trepar lianas y arrojar desde lo alto zarigüeyas con sus crías en acto de ofrenda a las diosas de las corrientes).
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