Claves lanzadas al espacio o a las aguas • Wilfredo Carrizales
XII

Igualamos la tijera con las prácticas de la bribona. Superamos las secciones y el sarro de los dientes. Sobre el papel donde descansamos conservamos los juicios y las conchas al lado de los mojones. Surgen trinos: se trata de pajarillos de una decadente nación sometida a madera, yeso y plomo. Nada corresponde de un confín a otro. El calor se pierde dentro de la media que cubre la pantorrilla. La devoción a los santos no persiste.

Un derrame de personas efusivas al pie de una colina. ¿Qué cosas estarán tramando? Sobran los depilatorios y los trazos finos de la escritura. Se forman las depresiones por duplicado. Quienes estén en pañales se insinúan lo menos posible. Seguimos a los ojos para lograr un buen ambiente. ¿Los intoxicados aparentan sus edades? Al acecho, retumban unos viejos con unas lombrices de sebo entre las manos.

Los presidiarios juzgan las causas de sus jueces y los sacerdotes se acomodan al claroscuro de los pretextos. El que guarda las porras se destaca por su alta escolaridad. Los monaguillos juegan con sus penes mientras un coro de ángeles administra su victoria.

Debajo de las hierbas se ocultan piezas que matan para dar vida. Se trata de telas que han naufragado arrastradas por grandes pesos. En los senderos de innumerables apartados se disipan las licencias y se ocasionan daños a las manchas de los sombreros. ¿Lo que abrasa cesa en la memoria? ¿El cuarto y su poder se alechuzan con los efluvios del descuido? Una sospecha comienza a flagelarse; las hostilidades se olorizan frente a las sardinas sin cicatrices; unos secuaces se oponen a los introitos de la muerte y terminan siendo devorados por las maniobras de las jícaras.

Alguien movía el fuelle de las aversiones de los omentos. Entonces ondeaba en el aire de mosaicos una agonía de vapor y lámpara. Solo se dolían las sumas de los exvotos colgados encima de los bronces de una mentira. Los sellos estaban —¿o eran?— malditos y la lentitud suave de un paraíso no los alteraba. ¿La noche aledaña poseía buhardilla o decorado sin fijeza o crisol para acrecer los triángulos?

El exceso de cabrios encharcaba las tierras y dentro de las encaladuras se inflamaban unas pasiones que debían ser sujetadas al tráfico de las amarras. También se entendían los jadeos con los limos socorridos por metales. Los mendigos traían unas bolsas que morían al poco tiempo de consunción.

Ocurrían dos veces los sucesos de la misma índole, arcabuceados o trompeteados por los complementarios de la lengua y del azar. Habría habido alguna tarde de oro si las rejas se hubieran apartado a tiempo de los envites que las combaron. En temas de encandilamientos y fermentaciones los guarismos alcanzaban niveles de metafísica e intrepidez. Jadear dentro de cubiletes estaba permitido hasta ciertas horas de la mañana, siempre y cuando no hubiera desprendimientos de las señales que halaban los calzados de los hombres de pupilas torcidas. Las artimañas se dejaban rastrear y a las mojigangas se les sacaba el máximo provecho. (Pegadas a las cartas se extraviaban esquemas de pezones, orejas y aparatos que rumiaban). El adiós de las miradas, ¿fue lícito, sin clase?

La singularidad del almagre propugnaba una mecánica, de las vuestras y ninguna de las prominencias obturó el paso de los testimonios del sur, tan caros a nuestros afanes. Los capullos se sentían perseguidos y no era muy difícil indagar por qué. En la malla de la red solían caer alegorías del queso, ojos de buey y otros adornos para agujerear las bóvedas. ¿Acaso las bocas abiertas esperaban hazañas de mandarinas? Entre los dedos y las plantas sembradas empezó a crecer un estribo con órbita en el fondo.

 
 

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