Claves lanzadas al espacio o a las aguas • Wilfredo Carrizales
XXII

El profesor va unido a su asignatura y se le adivina en su retrato descentrado. Su parte más luminosa es el adulterio que lleva como estigma de reverencia. Adelante caen las cuentas y se prolonga el perihelio del embellecimiento. ¿Serán perennes los achaques a futuro? El terreno se despeja si se consigue un altercado de abreviaturas.

Mil años para el detalle del nacimiento del agnado, libre de corrupción y épico en el renombre de su causa. Las llagas se fatigarán por las frutas en las ruedas del plenilunio. Menguante y manso se encaminará el fundador de cerdas hacia el escondite en medio de su biografía. Variados presagios encharcarán la faz del aguardentero precoz.

A los peligros de la guerra bisoña estamos todos expuestos. Nos hablarán por el olfato y nos fusilarán con las deudas trazadas sobre el pecho. A la carga irrumpirá la prosodia con sus barrotes de sonambulismo. Una enfermedad hederá a lechón y servirá como instrumento para penetrar la costra de la vivacidad. Los patriotas morirán partidos en dos. De la flor intemporal no habrá ninguna señal, ningún espurio apunte.

Se crían las ranas para estar juntas y no para prohijar batracios ajenos. Nada de desmayarse porque falta la levadura o porque estallen los imanes bajo las colchas orinadas. Hay que desechar cualquier residuo y secar las congojas al rescoldo. De perfil, se sentirán miradas que siguen el itinerario de ciudades tuertas.

Al sitio del ajedrez acuden individuos de una atmósfera en expansión, proclives a hurtar las piezas y negar el derrumbe. El que tenga rebabas se le combará el esternón hasta el primer movimiento. Después vestirá capa con flecos y pasará desapercibido entre la multitud de iguales. Pero habrá un momento en que se trabarán los botones.

Muy delgada la poza para macerar los melones. Los animales enjutos pueden inquietarse y hechizar a los viajeros. Luego se deberá calmarlos a puñaladas en los huecos de las ventanas. Quien se alimente de nueces e inmundicias pagará un impuesto de lujo, según su gusto o voluntad. Del veneno se dispondrán variaciones.

Decíase del pájaro bebiendo en su monumento que violaba la ley del entreacto menos corto. Un filósofo proclamó el magno adefesio y el resultado acabó siendo fiable para los amos del bullicio. (Aromáticos, los saldos se impusieron por comparsa y saturación de consignas). El alcohol nocturno se interpretó a cabalidad. Mientras tanto las aldabas chocaban contra los gallos viejos y alteraban para siempre el rumbo de las horas. Unos vivos y otros moribundos se prendaron del alero del occidente.

En la salvación estaba el meollo de toda encrucijada. Las barretas servían para convertir a los relapsos en fieles crepuscularios. Con la vigilancia extrema se excitaban las alumnas del colegio de monjas y el deseo se instalaba con un patrón de interinato. La próxima deidad vendrá ataviada de economía y mercado. El nuevo alfabeto no respetará orientaciones ni aletas remontables. Aun cuando haya frambuesas, la joyería surtirá efecto en los contornos de las escuelas. Desde los almacenes se les hará frente a las cuestiones de las limosnas y se abrirán debates para discutir la ruina del atlas.

El comprador se quiebra las alas para beneficiar a la prole. Su topografía deriva hacia lo arenoso, con el riesgo de inculcar fragmentos en las brechas que se imagina. Si poseyera un púlpito lo emplearía con completa pulcritud. Cuadro sano e impoluto.

Sobresalen las correrías del alojero y pronto una luisa busca su hierba y recibe al militar en el lugar del hospedaje y le da resurgimiento y peso y coraje y el uniformado la sienta sobre un cojín y le funda un trajín de cojones y maravedí y la eleva a gran altitud para que contemple las estrellas y ella encuentra su lugar y más se le ahueca para que concluya feliz la operación.

 
 

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