Claves lanzadas al espacio o a las aguas • Wilfredo Carrizales
XXIII

Honduras del agua salada en la transformación de los diques para el culto. De la invención de cualquier cuchillo se repone una derrota acaecida a fin de año. Enseñanza de las ficciones para flotar con vainas en el contrapunto de lo fundamental. De la ejecución de las cosas redunda una mortandad que no entrega equipajes. Una curvatura atrae racimos de papel y mimosas semejanzas para ajustarse las uñas.

Pegado a las faldas de la fama el ciego se acodillaba para perjudicar a un tercero. Una campana de cristal resonaba en su calidad ecuestre y quien la escuchaba acababa con las espuelas como copete. Vilipendio en las señales y bravata en la deglución y farolillo por otra parte y alternado en la pava real, guía superflua del claro de luna.

La metamorfosis ocurrió. En cierto lance el fanfarrón significó abarrotado, de tramoya. Correspondientemente lo propicio no evolucionó y el esquema solo fue un reducto, una triste presencia de un hocico de félido. Cisma y el espíritu vacuo.

Porque absorbían légamo eligieron perderse en el valle más parásito. Allí dieron inicio al recaudo de enseres y vigilias abiertas y bucares con banderas en flor. Prosiguieron ondas de vuelta y tranco y vuelta y atentaron contra la actualidad de las fermentaciones y además cupieron dentro del suspenso de territorios habituados al ocio.

El regreso de los chicos a su pisito. El retorno de la diaria locura. La manipulación del diccionario del suicidio. Ferrugientos, salaron sus vidas y sus muebles y astillaron los posibles gozos para labrarse un mayor empeño. Culto de los fetiches con ardor.

De los síntomas y lesiones, ¿cuáles estaban en pugna? ¿Cuántos se hicieron puente entre orillas sin tradición? En el horno se quemaban las noticias. Las mañanas despertaban, libertinas, paupérrimas. Despejados los mordientes, cual cementerios de palomas. Unos pescuezos encontraban su dialéctica, a pesar del humo fresco y rumiante.

Vale la pena agacharse, pasar obligado por debajo del arco, sofocarse hasta derivar en pasta. Amén de detalles: ecos de sangre, perjuicios en las orejas, canciones inclinadas, ángulos para volutas táctiles... Y en los agujeros de los rincones unos vendajes para heredar. El fastidio ya engorroso y el odre que no termina de gritar.

Se inaugura la actividad y se pergeña la falta que no se agranda. La elocuencia fundada en los pétalos que segregan adrenalina. De profundis. Magnificencia en la lengua que gluglutea y propala un espejo dubitativamente negro en la punta del azar. Se implan las sílabas y se conceden privilegios para desencadenar lluvias y plausibles tormentas. Y todo ello en el ínterin del ardid o en el eje acodado a su muela que defeca.

Lo que pervierte a los ídolos en la temporada de caza resiste a la basura de las cuencas. Sosteniéndose en el hoy ornamenta sus trozos para despellejar el nivel apagado de los cuerpos en reposo. Aquella marchitez, aquél tránsito de larvario. Resumen de la opacidad del fichero que regula los tegumentos y concurre. En acecho, la olvidada pubertad pretende volver por sus extraviados fueros. El flujo y el fenómeno de su estudio se enlazan en el teatro de las crónicas.

Una prostituta se ha echado al lado de un escarabajo feraz y le ha brindado una victoria rotunda, inapelable, mugiliforme. El suelo admite fragancias de ramera. El clima pasa revista y acepta el valor de la audacia. Se anuncian huevas para el desove y es la región del juego la escogida. En el claustro que no se cierra se entallece la inteligencia del sudor y su pausado color. Los poros extreman sus jugos. Mariposas auxiliares espesan el redondel de los gemidos que se integran. El ocaso se representa con un sonido de oro que se desplaza del ramo al buen tino.

 
 

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