Restos de las rutinas en las solapas del pueblo. Junto a los destrozos, el color de los pescados. Arrojar la pelota a los ausentes canes. Conclusión de apodos y adioses.
Refrendando cantigas que nos exoneren de elegías. Las locuras continúan en funciones. El álgebra beneficia las sediciones. Se sueltan las alcancías para que duerman sobre las almohadas. Se revuelven errores y aguas amuradas. Se alcanzan las cuerdas para las efigies en sus sábanas. Reviviscencia y opérculos en las cornisas.
Irradiaciones para guarecerse. Bolas y horizontes. Principios donde se mora, donde se constriñen las revueltas. Huidizas, las comadres se divierten. A través de las agujas se ejercitan las candelas. Los julios contraen nupcias con los haces de leña y la reverberación y el lustre de los instantes se establecen a perpetuidad.
Solares de los cojines verdecidos. Cilindros pillados por los cachetes. Realidades de las roeduras, guarismos e ímpetus que no oscilan. Si hay gemidos, ¿serán los de Satanás? Laureles por millares y un escribano y su abrigo. Vagos y sinecuras.
Menguan los bizcochos con los oficios de la hambruna. Entrado en años, salgo con los mejores meses. Asevero las mutaciones y los proverbios del encanto. De paragoges y bálsamos engordan los cursos del helio. Soy partícipe y me doy en el catastro. Sin apellido me violento, pero adrede extiendo mis vástagos.
Allano el camino del alzacola y lo proveo de la merienda que embriaga. Batojo los olvidados frutos del placer y escudriño en las cajas que son arquitectas. Se chorrean los bravos en las batallas del verbo. Los decibeles se defienden con las frecuencias de sus nacimientos. Envinado, dirijo la contradicción de los beodos y calculo sus acometidas.
Las facetas abordan con sus firmas la nave donde apenas se reza. Glotis de los lactantes en los periplos de la asunción. Fosforescencia de los puños en el altar. El viejo dobló la campana y le supo a dolor. La tarde debe ser una fiesta para parir bondades.
Sus Marías y sus tres infieles. Alboroto en el ala monumental. Los jarabes portan promesas rotas. (De allí mismo lo sé). Hasta que se dictamine que el kaki es una tela o una fruta para enamorar. ¿En Kara-Kitai hubiera encontrado mejillas en las granadas?
(En el interior de la lana vive un goloso. No se sabe de dónde procede. Come y devora sin parar. Lambisquea hasta en el porvenir y su gula es astuta, pues no se ve).
Llevo llamaradas y los troncos leudan y yo me adeudo con mi destino. Otros maderos me conocen y desean mi guía. Mas deslustro mi mester por no dejar.
Lo que incluye al reo como testigo fracasa de plano. Una neuralgia para el festín de cierto patrón. Los pasajeros no se transfieren las valías y avanzan de acuerdo a sus facultades. En los quioscos redundan los pareceres y los fumadores asesinan a sus tabacos. La inmensa humareda surca rampante. Un prístino templo pronto se acoda.
Los talegos mezclan sus polvos sin importarles si están o no frente a los estuarios. Por aquellos lugares no se escuchan los sonidos de la siega. Solo las ubres bambolean con dedicación. Las variantes de las varicelas exponen abiertamente sus apologías.
Whisky para las razones filosóficas y en el perineo el albur de la cebada. Los yugos atropellados en sus climas y una vegetación que tendía hacia lo marrón. La zoofilia como credo cotidiano, sin temor al estigma del sida. Se zurce y las leguminosas se alzan. Yusivos, los serviles se apiñaron en procura de compendios de soles.
Cauterios eran sus nombres y se arrastraban sobre los alcoholes. En las toponimias se encontraron los que solfeaban con los que dramatizaban. De tal encuentro surgió un retiro y un desamparo que hasta la actualidad se cansa y no reina.
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