Claves lanzadas al espacio o a las aguas • Wilfredo Carrizales
XVI

Caía el aroma de la albahaca en mi boca y el temblor de la miel y su vulva aguardando la señal para involucrarse en el festín. El hojaldre de la vida era consumido entre alborozos. Del bulbo de la suspensa leche manaban las entrañas de un pajarito.

Desnudo, con la perspicacia que da la piel en su vértigo de sabueso, tomaba el sol mostrando las sombrillas de las medusas y sus huevos fecundados en remotas eras. El que quería desplazarme se deslizaba, a hurtadillas, por la arena. Simplemente estiraba una mano y lo halaba por las orejas. Huía con sus pies pequeños y su espalda roída. Mis carcajadas se entretejían con la espuma y facilitaban mi trashumancia posterior.

De piña encantada lograba mi sitio en medio de peñascales. No me juntaba con el azogue ni con la agria córnea. Me fascinaba cavar en las viñas y revolcarme, en calidad de rebelde, dentro del barro que convenía a mi atención. Rosas y tirsos anunciaban una liturgia que se esparcía acullá y yo protagonizaba una derrota o una audacia de rústico.

Al correr el agua sobre mis pies se igualaban los terrenos y las ratas de campo fácilmente robaban los hongos y los buñuelos. El rocío cuchicheaba sobre cualquier obstáculo y daba firmeza a los robles y a sus ínclitos carbonatos. Las diversas estaciones orbitaban encima de mi cabeza y mis ojos ascendían y descendían sin alternar. El sonido de los cascos de los falsos caballos se perdía muy pronto tras la relatividad del estupor.

Hubo inacabados momentos cuando las ecuaciones se volcaron dentro de las tabernas. ¡Ah, satisfacciones transparentes, tiros de gracia y espejismos! Quien tomó de más apaciguó el dolor de sus órganos y el sedimento de su violencia. Después, en ningún tiempo ni espacio, las cerraduras volvieron a ser las mismas. Los pedales se beneficiaron de las cercanías de las velocidades y los espejuelos se embebieron en los colores menos neutrales. Un ansia de bajo tenor se incorporó al aparato que conmutaba.

Tras el triunfo del parto de mi concubina desordené la habitación para evitar la abundancia de morfemas y demás signos luminosos que determinaban el guateque. Mi rostro se tornó permeable a la oscuridad y a los balbuceos del infante. Rompí la hiedra que trepaba ya por la ventana y el agente de la ternura enmudeció y cambió de horario.

Gané reputación en sensualidad y regularmente me tendía a vincular los cabos que aún permanecían sueltos. Los músculos se constelaron y se volvieron serpentinas. (Afuera, saltando de una rama a la otra, un carnívoro desafiaba mi autoridad y, de paso, me negaba). Descubrí conjuras debajo de la cama y me deshice de mis zapatillas y del pijama. Para mi aseo personal adquirí un sextante y jugo de limón.

De pelaje suave y corto apareció un felino de liberación que se alimentaba de higos. Le procuré dos mujeres, una inquietud humana y un milagro en el jardín. De madrugada levaba anclas y visitaba una escuela de sirenas. Le comencé a llamar Seamy y me segaba los ojos. Perpetuamente me esforcé por complacerlo. Me distinguía con un resoplido del pecho y yo me acodaba a mi sifón. Todo dio pie a que lo crucificara sin cruces. Los astros errados influyeron en su hado y ahora entono esa pulsión.

El tegumento de los enredos no admitía preposiciones ni letras de transición. Cuestión delicada parecida a una reliquia, pero con mayor amplitud y capacidad de mimetizarse. ¿Las nubecillas tendrían aptitud para sostener los arquitrabes? Los largueros de las escaleras producían visiones y una comezón en las palmas de las manos. Las joyas montadas sobre sus alambres temblequeaban y lanzaban hacia el exterior un impulso de ayunos para la secularización. Temprano, la pequeña resistente se curtía los dedos del pie mientras sostenía un cigarro con una tenaza.

 
 

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