El aguardiente brinda su justicia mayor bajo la admonición de las agujas. Las beldades avientan los cuchillos para cortar las insinuaciones. La chifladura suele ser escalonada y derivar en epopeyas sin equilibrio. Los vasos desprevenidos no encajan como gajes del oficio, sino que son adscritos a las miniaturas que se juntan y castigan.
Poco antes de la erección de la geografía, los leones se inducían hacia lo augusto y las cosas todas se renovaban en lo fundamental. Después la vida comenzó a dar pasos falsamente vivientes y la apatía acercó a los hombres a su circuito. La serenidad feneció y por los cinco costados brotaron raíces que secuestraban los pronombres. Se tardó mucho en ganar la luz y los caminos trepidaban cual oraciones de herbívoros. Desde los cabos a los golfos salieron adoloridos los pocos alarifes que se aventuraron por aquellos confines. Una infección espantó a las liebres y a las moscas que producían azúcar.
Debió haber habido homenajes al hierro y a las diversas costuras. Los anales son dispares en esto. Mas los retratos confirman la alegría de los métodos y las mínimas casualidades de la expresión. Los hermanos del levante mascullaron sus ordenanzas y los parentescos alucinaron dentro de las sangres que los coadyuvaban. Las mitologías difundieron la idea de unos trópicos más bien tristes y poco entusiastas.
Se apresuraron los licopodios en las licencias para ahorcarse. De texto y de caja las linduras se apañaron como pudieron, limpiándose de neutralidades y de morfologías de líquenes y minerales. Al hacer de las cortezas sus paraderos ajenos, las carcomas incendiaron los símbolos que las paralizaban en los vaivenes del otoño. La locomoción agujereó a los sepulcros hasta el punto de transmitirles el color de los abejorros. Las elegías causaron jardines, desembarcos de almíbares y tejados con púas y cucarachas.
Se abandonaron las zonas a los rayones del mediodía. Nunca se sacrificaron las manos culpables y las inocentes se surtieron de naipes y de casitas de empeño. Bajo las rocas se revolvían las silvas y los sainetes y así se iban emparejando —¿o emparedando?— las sombras de los lobos y su religiosidad. (Decir que hubo caídas del pelo es entrar en materia abstrusa). Al agostarse las esperanzas salió malherida el alma y sus contornos.
De lleno asomaron las marranadas con las primigenias añagazas. ¿Qué fue de la soledad sin perfil, del suicidio destrozado, de las grafías que rutilaban? Apuntes sucintos para una lucha en la buhardilla. Sucedían los días en la medida del crecimiento de los bigotes. Los decesos no declinaban ni se fatigaban. En las heredades se derrotaban las madrigueras que servían para el letargo. Arriba, en el colmo del desquicio, unos seres enarbolaban lo sucio en los calzados.
Parte de los estigmas frecuentaron las lisonjas de los purpurados y detrás de las escenas de las abstinencias corría el ludibrio y el licor. Lo que advino se aprovechó de la noche y su espacio no perdurable. Trémulo, un azor no pudo levantar vuelo y sucumbió horro. Se restauraron coronas y se dilapidaron alianzas. De los cuidados no se desprendieron asistencias. Las carnes se tejían con el exterior de los bordados y aguzaban las venganzas en el ínterin de las reliquias. Collares trajeron banderas y éstas aportaron caudales y tribunas. De panfletos y diálogos evolucionaron los lomos de las iguanas y las pendencias de los garrotes. Garrafal abrevó el gatillo en el ombligo de la hembra con manchas rojizas. Una gema identificó un mismo fin y el flujo del teorema principió el gesto de la viga continua. ¿El manual del hoy fue redactado por quien degüella sin premura y sin tarifa? De gracia, de mar y de vista gocemos mientras las aldabas despierten puertas.
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